Amigas y rivales

por Revista Hechos&Crónicas
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Las relaciones interpersonales entre mujeres siempre han sido un tema de conversación. En las páginas de esta revista hemos hablado antes de sororidad, que no es otra cosa que la solidaridad entre mujeres; pero hoy vamos a tocar otro tema que es mucho más profundo: La amistad.


La solidaridad se da con personas que podemos no conocer, la amistad es convertir en cercanas a otras mujeres.

Mucho se habla de la tensa relación entre mujeres. Se dice que el ambiente tiende a ser más hostil y que nosotras somos muy duras unas con otras. Y, tristemente, en muchos casos es cierto.

Se escuchan comentarios duros entre mujeres causados por la envidia, por la falta de empatía o por costumbre, pues la sociedad enferma nos ha llevado a vernos como rivales y a que nuestro trato sea amargo y sin compasión.

De hecho, las mujeres no se sienten seguras en ninguna parte. ONU Mujeres calcula que, en todo el mundo, 736 millones de mujeres –casi una de cada tres– han sido víctimas de violencia física o sexual.

Esto empeora cuando la violencia (verbal o psicológica, que también es violencia) viene de una mujer que debería estar procurando el crecimiento de otras y no su destrucción. La Biblia habla de amar a nuestro prójimo (Mateo 22:36), a nuestros semejantes… y ¿qué hay más semejante a mí que otra mujer?

Las mujeres tenemos la capacidad de transformar cualquier lugar en un espacio agradable. Una casa, cuando hay una mujer, se convierte en un hogar. Una oficina cambia cuando tiene mujeres. El ambiente se convierte en algo lindo. Tenemos buen gusto, decoramos, volvemos agradable el lugar ¡y hasta hacemos que huela rico! Qué bonito resaltar esto cuando compartimos con otras mujeres.

Una gran diferencia que se da entre hombres y mujeres, es que un hombre quiere ser el primero, pero la mujer quiere ser la única. Y claro, todas somos únicas para Dios y en lo que somos, pero no somos las únicas en este mundo.

Todas queremos brillar, pero debemos entender que somos como las estrellas, cada una tiene su propio brillo y por eso no necesitamos  opacar a la otra.

La sociedad, en medio de este mundo caído, nos lleva a compararnos y a buscar a la más… la más linda, la más inteligente, la mejor mamá, la mejor deportista, la más eficiente… etc. Sin embargo, no necesitamos compararnos con otras mujeres ni competir, sino resaltar el brillo que cada una tiene.

La competitividad en todas las áreas se convierte en rivalidad. La rivalidad nos lleva a atacarnos, desacreditamos, a chismosear… Es una lucha que tenemos las mujeres y que hemos normalizado. A las compañeras o semejantes las vemos como rivales y no como amigas. Esto porque nuestra alma, tristemente tiende a la envidia y no a la empatía.

¿Cómo dejar de ser rivales?

Hermanos, no hablen mal unos de otros. Si alguien habla mal de su hermano o lo juzga, habla mal de la Ley y la juzga. Y si juzgas la Ley, ya no eres cumplidor de la Ley, sino su juez. No hay más que un solo Legislador y Juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo? Santiago 4:11-12

Es momento de cambiar esta percepción y de pasar de ser amigas y rivales, a convertirnos en amigas y hermanas.

¿Cómo? Es muy fácil. ¡Yo no me sumo! Intencionalmente, busco no ser rival de otras mujeres. Así las demás busquen rivalidad conmigo. Veo en ellas lo bueno, pienso lo bueno. No me pongo en una situación donde permita que me irrespeten o maltraten, pero tampoco critico o hablo mal. Busco la paz.

Deja de quejarte de lo que hacen las demás, deja de hablar mal de ellas y de enfocarte en lo que te molesta. Ellas no necesitan que las corrijas, mejor corrígete tú. Oblígate a reconocer cualidades. Resaltar y hacerle saber a la otra, de forma genuina, algo que valga la pena exaltar. Todas tenemos algo bueno que resaltar.

Es parte de dejar de ser orgullosas y humillarnos ante Dios y ante los demás y reconocer lo bueno, buscando hacer todo lo que dependa de nosotras para tener paz con todo el mundo (Romanos 12:18).

Sé amable con otras mujeres intencionalmente. Incluso si no las conoces. De hecho, si hay una mujer nueva, debemos acogerla. Las mujeres somos duras con otras y por eso nos cuesta a veces relacionarnos genuinamente.

El comentario de “tengo mejor relación con los hombres que con las mujeres” o “trabajo mejor con los hombres” es una manera de despreciarnos como género. Decir que les caemos mal a las mujeres o que no congeniamos bien con otras, habla más de lo que hay en nuestro corazón que de las demás. Lo que es recurren[1]te para ti no habla del resto del mundo, habla de ti. No es el género femenino, es la forma en la que tú te relacionas con los demás.

Debemos sanar el corazón y pedirle al Espíritu Santo que nos revele qué está detonando esa rivalidad en nosotras. Qué carencias he tenido o qué hay en mí que me impide tener relaciones saludables.

Muchas veces, la envidia, los celos y los conflictos con otras mujeres vienen directamente del orden de nuestras relaciones femeninas, primero con mi mamá, luego con el espejo, pues de ahí se desprende lo que proyectamos con las demás.

¿Qué hizo Jesús con las mujeres?

Jesús sin duda es nuestro modelo a seguir. Cuando Él vino a esta tierra, se dedicó a reivindicar a la mujer. Él la vio, la notó e hizo saber que la notaba. (Nuestras alegrías y tristezas son importantes para Él).

La hizo visible también para otros. Restauró su dignidad aun con las mujeres que tenían una “causa real” para ser señaladas. Las defendió. Esto nos tiene que decir algo a nosotras. En nuestra cotidianidad hay mujeres difíciles que merecen ser señaladas o con las que cuesta ser amable, pero aun a ellas las defendió Jesús y aun por ellas murió en la cruz.

Es momento de reconocer a las mujeres de tu vida. Llámalas, exáltalas, disfrútalas. Son un regalo de Dios.

Foto: Sam McNamara – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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