Necesitamos familias excepcionales

por Revista Hechos&Crónicas
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Todos los días escuchamos noticias lamentables: padres o madres que asesinan a sus hijos, padres o madres que abandonan sus hogares, hijos que atentan contra sus padres, divorcios, familias disfuncionales, embarazos no deseados, mujeres y hombres que no se quieren casar, y un sinnúmero de ideologías que minimizan el valor de la familia.

Es cierto que en una familia no todo es color de rosa, hay factores que desencadenan: desorganización, conflicto, violencia doméstica, falta de disciplina y supervisión, falta de sometimiento a la autoridad, estrés familiar, problemas entre padres, rivalidades entre hermanos, problemas de adolescentes, diferencias de opinión y desacuerdos en la pareja, pérdida de tranquilidad debido a conflictos entre padres, problemas de educación, problemas financieros, pérdida de trabajo, divorcio, adicción, enfermedad mental o física, agresividad, hablar mal unos de otros, distanciamientos con la familia extensa, creación de bandos con opiniones enfrentadas, reproches y despertar de viejos rencores, intromisión en la vida de los otros, frialdad, falta de comunicación, sentimientos de abandono o agravios comparativos, conductas inadecuadas o impulsivas, dificultades en la adaptación al cambio, patologías de algún miembro de la familia, excesiva rigidez o permisividad, ideologías, feminismo, machismo… en fin, muchos componentes que alteran la estabilidad de los hogares.

Si en su familia pasa algo de esta lista, no se preocupe y enfóquese en Dios. Cuando una familia es sabia y ofrece formas prácticas para enseñar la Palabra de Dios, modelar la bondad, el amor y el servicio, se cultivan familias fuertes. Cuando Dios es el centro, la atmósfera cambia, el hogar se fortifica, la unidad prevalece y la paz que sobrepasa todo entendimiento inunda las vidas de cada integrante. Es ahí cuando la familia se convierte en una familia excepcional.

No olvidemos lo que dice el apóstol Pablo sobre caminar en el espíritu. Es tiempo que las familias integren el fruto del Espíritu Santo, ese racimo de virtudes que alegran y embellecen los hogares. Vivir conforme al carácter de Cristo marca la diferencia. …el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas. Gálatas 5:22-23.

A pesar de todo lo que pase en su familia, en vez de criticarla, ore por ella; interceda, y sea usted ese generador de cambio. Recordemos: todo empieza por casa. Si desde nuestros hogares generamos cambio, nuestra sociedad será diferente. El mundo necesita familias excepcionales, y la suya puede ser una de ellas.

Honremos a papá, a mamá, bendigamos nuestros hijos, llevemos en oración a nuestra familia extendida y no dejemos que la célula básica de sociedad se extinga.

Foto: Jessica Rockowitz – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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