En mi libro «El Reto de Dios» he planteado el esencialismo, que consiste en desechar todo lo accesorio en aras de lo fundamental.
Si algo caracteriza a la sociedad posmoderna es su complejidad. La cultura humana ha acumulado tantos elementos contradictorios entre sí, que hoy no sabemos dónde se encuentra el hilo conductor de un asunto. Existen múltiples ideas para desarrollar cada propósito. Las asesorías, dependiendo de dónde procedan, ofrecen al hombre necesitado de una solución múltiples opciones, algunas disparatadas, otras obvias, pero todas analizables por igual.
¿Qué hacer? Es la pregunta clave. El médico con la diagnosis, el abogado con el código, el ingeniero con el teodolito, el economista con la divisa, el jardinero con el abono, el pescador con la red, el financista con el interés, el sastre con la tijera, el cocinero con el adobo, la bruja con el brebaje, el pastor con los versículos, el confesor con las penitencias, el judío con la ley, el juez con el martillo, el futbolista con el balón, el niño con el juguete, todos presumen poseer salidas para todo. Nos hemos complicado en un laberinto de especializaciones donde cada uno de nosotros supone tener siempre para cada problema la última solución, y para cada pregunta la última respuesta.
Hace falta la simplificación de todas las cosas, el esencialismo de cada profesión. Pero, por supuesto, no se pueden confundir los términos ni las definiciones. Por ejemplo, no es igual lo simple que lo simplista. Simple significa sin gracia, plano, monótono. Un hombre simple es un ingenuo, alguien sin sagacidad. Lo suyo es simpleza. Simplista es el que reduce todo a fórmulas obvias. Simplismo tampoco es simplicidad. Simplicidad es el arte de desenredar los ovillos, de hacer fácil lo difícil, de volver sencillo lo complejo.
Me impactó en mi adolescencia un académico sueco que, al comentar el Premio Nobel de Literatura otorgado a Juan Ramón Jiménez en 1956, dijo a la BBC de Londres que el gran poeta andaluz había dominado como nadie ‘el difícil arte de la sencillez’. Difícil arte ciertamente, en el cual las parábolas de Jesús habrían sido declaradas fuera de concurso.
Fastidian los aires prepotentes de quienes creen que Dios ha hablado al hombre para que éste no lo entienda. El gran problema del cristianismo evangélico es, precisamente, su poder desintegrador. La maraña denominacional ha creado tal trama de contradicciones en sí misma que hoy el creyente desprevenido no sabe francamente a qué atenerse. La iglesia A dice que algo es blanco, la B afirma que ese algo es negro, la C pontifica que todo es gris.
En la orfandad de liderazgo que se vive, contrista ver apagarse vidas que han sido teas en la caverna. Billy Graham, por ejemplo, fue un actualista que permaneció vigente durante largos años, y empleó en forma adecuada los medios del progreso para llevar la luz del Evangelio a las almas angustiadas, fue un hombre sencillo.
El doctor Graham nunca quiso ser original, no empleó frases rebuscadas ni conceptos abstractos, pero nadie convirtió más almas que él en 100 años de historia cristiana. Algo parecido podría afirmarse del evangelista Bill Bright, fundador de la Cruzada Estudiantil y Profesional, sus ‘cuatro llaves’ aún siguen siendo elementos simples y directos para llevar a otros a los pies de Jesús. “Simplificar” es el verbo que hoy debería conjugarse.
Por: Rev. Darío Silva–Silva, fundador y presidente de Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral.
Foto: Daniele Franchi (Unsplash)

