#$%&/?¡$%*& ¡Qué bocota!

por Jennifer Barreto
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En El Salvador, le dicen “barbaridades”; en Chile, “garabatos o chuchadas”; en Argentina, “guarangadas”;  en Perú, “lisuras”; en México, “palabrotas” y en Colombia, “groserías”. ¿Alguna vez ha dicho malas palabras? ¿Se ha metido en problemas por ser grosero? ¿Qué hacer para dejar ese mal hábito? Las respuestas aquí.


Caso de la vida real

“Nací en un hogar conflictivo, mis papás peleaban mucho y decían groserías. Terminé aprendiendo varias palabrotas que afiancé en el colegio debido a las malas amistades, ¿el resultado? Cuando entré a la universidad, no tuve problemas con mi lenguaje obsceno, pues es común en ese ambiente. El problema fue cuando me gradué y fui aceptado en mi primer trabajo como asistente en recursos humanos de una reconocida empresa. Cada vez que hablaba con mis compañeros se me zafaban varias palabrotas. Un día mi jefe me escuchó, me llevó a su oficina y me dijo: -me han dado muchas quejas de usted por su mal vocabulario, si no puede controlar su boca, puede salir por esa puerta y no regresar. Está haciendo quedar mal a la compañía-. Pensé que me despediría, pero no, me dio una segunda oportunidad. Me ha costado lágrimas aprender a hablar bien. Debí cortar de raíz las peleas de mis padres, el mal ejemplo de mis amigos, y no les miento, es una costumbre muy difícil de quitar… y ahí voy”, cuenta Santiago Gómez a Hechos&Crónicas.

Una vida entre groserías

Desde la época victoriana (expresión se usó para referirse al reinado de Victoria I de 1837 a 1901. Este ciclo marcó la cúspide de la revolución industrial y del imperio británico), el lenguaje irreverente empezó a tomar fuerza. Las palabras se usaron mal y fue ahí cuando los insultos, menosprecios y ofensas se enfocaron a denigrar de la raza, apariencia física, sexo, gentilicio, personalidad, etc. En las sociedades occidentales, el lenguaje soez es más usado por hombres que por mujeres.

El pastor Salvador Dellutri, en su programa “Tierra Firme” de Radio Transmundial, tuvo la oportunidad de abordar el tema de las malas palabras en una de sus emisiones y esto afirmó: “En muchos países latinoamericanos, los nacimientos de las dictaduras produjeron algo así como un destape que afectó al lenguaje, debido a la represión. Ahí aparecieron las palabras soeces como una manifestación de violencia.

Todos hemos oído groserías y las hemos aprendido muchas veces dentro de la misma casa, entonces, ahí es donde vemos las primeras manifestaciones en los niños. La palabra usada dentro del hogar, lleva una carga educativa, y el pequeño comienza a adoptarla. Los medios son expertos en usar palabrotas. Debemos tener cuidado”.

Según Google, este es el ranking de los países más groseros del mundo:

  1. Ecuador
  2. México
  3. Colombia
  4. Argentina
  5. Panamá
  6. Venezuela
  7. España

Cuate, ¡qué palabrota!

México, el segundo país más grosero, arroja los siguientes datos publicados por la consultora Mitofsky:

  • Cada día se pronuncian 1,350 millones de malas palabras, es decir, ¡500,000 millones al año!
  • Por regiones, los mexicanos del norte y del centro son más propensos a decir groserías.
  • Quienes se consideran poco groseros dicen pronunciar nueve al día, mientras que los muy mal hablados pronuncian unas 42.
  • Son frecuentes entre hombres jóvenes y adultos.
  • 63 % de los ciudadanos del país adopta groserías mientras está con amigos, 36 % con compañeros de trabajo y 34 % con la pareja.
  • Los menores de 30 años ven con naturalidad el uso de malas palabras.

En Colombia

Para el profesor Mariano Lozano Ramírez, del departamento de Lingüística, Literatura y Filología de la Universidad de La Sabana, “el insulto es un signo lingüístico que proyecta al insultado al campo del valor negativo. Con él se busca siempre agredir a la persona. Cuando queremos insultar, gritamos. Cuando ese grito se convierte en una palabra adquiere un valor inmenso que reproduce comportamientos sociales”.

Un hallazgo realizado por la plataforma de aprendizaje de idiomas Preply, identificó que Medellín lidera la encuesta con nueve malas palabras expresadas a diario, seguido por Manizales y Cali con ocho, y continuando con Bucaramanga con siete expresiones soeces al día.

​Las personas que más dicen malas palabras al día están entre los 16 a 24 años (siete palabras), 25 a 34 y de 35 a 44 años (ambos rangos etarios con cinco palabras diarias), de 45 a 54 años (cuatro palabras) y, de 55 años en adelante (dos palabras).

«La muestra indica que un 42.23 % de los hombres dicen más de cinco groserías al día, mientras que las mujeres los superan, alcanzando un 45.44 %», dice Preply.

Los groseros… ¿más felices?

Un estudio de la Universidad de Keele, Inglaterra, asegura que decir groserías tiene beneficios para la salud: es analgésico, los hace más fuertes, aumenta la confianza, es un mecanismo de defensa, mejora la sociabilidad, ayuda a transmitir ideas, libera endorfinas y produce bienestar. ¿Usted cree el lenguaje soez puede ser tan “sano” o tan “inocente” como lo pintan? Si es tan bueno, ¿entonces, por qué a Santiago Gómez le fue tan mal por decir groserías?

¿Qué dice la Biblia?

Estudios científicos divulgados a diario, defienden cosas buenas y malas, pero el punto aquí es que la Biblia nunca se ha equivocado, y lo mejor, es que es tajante y clara con el tema de las groserías:

  1. …porque de lo que abunda en el corazón habla la boca. Lucas 6:45b.
  2. Tampoco debe haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar; haya más bien acción de gracias. Efesios 5:4.
  3. Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno. Colosenses 4:6.
  4. Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan. Efesios 4:29.
  5. No se dejen engañar: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.» 1 Corintios 15:33.

Consejos para no ser groseros

  1. Exija a sus amigos y familiares que minimicen el uso de malas palabras. Usted no puede limpiar su boca si todas las personas a su alrededor están diciendo groserías. Pida que no usen vulgaridades.
  2. Reemplace las malas palabras. Pruebe diciendo “caray”, “caramba”, o el popular “miércoles”, o cree sus propias palabras. Recuerde que este es solo el comienzo y que sí es posible dejar las palabrotas a un lado.
  3. Muérdase la lengua. Así podrá indicarle a su cerebro que decir malas palabras dejará su lengua adolorida.
  4. Arme un frasco de malas palabras. Consiga un frasco vacío y llegue a un acuerdo con todos en su casa de que cada vez que lo escuchen decir malas palabras, usted pondrá dinero en este frasco. Como a nadie le gusta perder plata, esto lo ayudará a controlar su boca.

Y recuerde que… El que es entendido refrena sus palabras… Proverbios 17: 27a.

Destacados:

  1. Desde la época victoriana, en Inglaterra, el lenguaje irreverente empezó a tomar fuerza.
  2. “En muchos países latinoamericanos, los nacimientos de las dictaduras produjeron algo así como un destape que afectó al lenguaje, debido a la represión”: Salvador Dellutri.
  3. Los mexicanos son los más groseros entre los países de habla hispana. Cada día pronuncian 1,350 millones de malas palabras, es decir, ¡500,000 millones al año!
  4. Tampoco debe haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar; haya más bien acción de gracias. Efesios 5:4.

Por: Jennifer Barreto / jennifer.barreto@revistahyc.com

Foto: Freepik (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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