Jueves, 16 Marzo 2017 22:01

El eterno presente

Al iniciarse el año 2002, el presidente George W. Bush convocó el Primer Desayuno Hispano de Oración en la Casa Blanca. El obsequio que se dió a los 2.000 líderes invitados fue mi libro El Eterno Presente. 15 años después, en la situación actual, sorprende leer palabras que parecen escritas hoy mismo.

‘Llorar simplemente sobre los cadáveres y los escombros sin extraer de ellos el lenguaje apropiado no es actitud correcta del cristiano. Dios habla en el alfabeto cifrado de los acontecimientos. Lo hizo en el diluvio, en Sodoma, en Babel y en Hiroshima. También en Manhattan y en los sucesos de allí derivados. Nuestro deber, pues, es desentrañar los signos de los tiempos a la luz de esa lámpara inextinguible que es la Biblia y obtener de ella la correcta orientación que requerimos en esta dramática coyuntura histórica.

Pero si alguien viene de Colombia y, si, además, es colombiano; y si, para completar, ejerce como ministro evangélico, todos esperan que hable de tres temas: guerrillas, paramilitares y narcotráfico. No esperen eso de mí. Creo que mi patria tiene muchas otras cosas para compartir con las naciones, y que su situación estratégica dentro del Planeta Tierra, como un cruce de rutas terrestres, marítimas y aéreas desde y hacia todos los puntos cardinales, hacen de ella un centro de distribución natural de cualquier cosa: café, esmeraldas, cocaína, ideologías, armas o literatura. Si los hijos de la luz fuéramos más astutos que los de las tinieblas —según el deseo de nuestro Señor—, Colombia sería el mejor expendio mundial del evangelio.

No me detendré, entonces, a analizar el caso colombiano, tan ligado a la suerte de la especie humana en el siglo XXI, pues creo que él puede despacharse en forma expedita mediante una serie de rápidas preguntas y respuestas:

- ¿Por qué hay paramilitares?

- Porque hay guerrillas.

- ¿Y por qué hay guerrillas?

- Porque hay injusticia social.

- ¿Y por qué hay injusticia social?

- Porque hay corrupción.

Este círculo vicioso se rompería simplemente atendiendo a la voz profética de Juan que clama desde el desierto: Pongan el hacha a la raíz del árbol. Si se desarraiga la corrupción, se corrige la injusticia social. Si se corrige la injusticia social, las guerrillas desaparecen. Si las guerrillas desaparecen, dejan de existir los paramilitares’

El siglo XXI no es el tema, sino el escenario. El tema es el hombre (más aún, el hombre cristiano) enfrentado a su propia realidad posmoderna, completamente inesperada. La corrupción ha acompañado a la política desde siempre; sin embargo, la olla podrida que acaba de destaparse en los cinco continentes –y que afecta a Colombia en forma directa- presenta una buena oportunidad histórica para reorientar la política y la economía hacia parámetros bíblicos que impidan nuevos asaltos al erario público y al bolsillo mismo de los contribuyentes, a través de la violación fragante de las ordenes divinas.

La corrupción no tiene ideología: unos roban con la izquierda y otros con la derecha. Ninguno de los dos es diestro, si no ambos siniestros. Aunque hay zurdos que son diestros… pero en robar.

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