Columna Pináculo

Este es el último soliloquio del drama español La vida es un sueño al final del primer acto cuando Segismundo piensa en la vida y en su suerte.

El éxodo por las buenas o por violencia es una tragedia. La diáspora colombiana es como volver a nacer en lejanas tierras, con idioma distinto e idiosincrasias lejanas y hasta alimentación y vestir diferentes. Los deportados son ligerezas inhumanas y sobran muchas historias aberrantes.

¿Por qué y para qué Dios nos trajo al mundo? preguntó Perogrullo: ¿para vivir, sobrevivir, odiar, amar y ser amados? Nacimos para entregar todo nuestro amor y recibir todo el que nos puedan dar.

Estamos en abril y el 23 celebramos el Día del Idioma español. Entonces, cantemos con alegría para agradecer al Señor que nuestro idioma nunca desaparezca y tampoco envejezca.

Estamos en tiempos de paz que continuarán con los del perdón. ¿Cómo aprendemos a perdonar? Muy simple: perdonando. Si aprendemos a amar como amó Jesús, así lo haremos con el perdón.

¿Por qué las tragedias van primero que las soluciones? ¿Acaso no habrá soluciones sin tragedias ni tragedias sin solución? Van dos meses y el recuerdo de la pequeña Yuliana sobrecoge los espíritus.

Así tituló el maestro Paulo Coelho su pequeño… ¿pequeño? libro de oro que tituló Maktub, que en árabe significa estaba escrito y nos informa que es el destino el que supuestamente fija y marca ciertas conexiones con nuestra vida, con nuestra alma y con el Plan Divino para cada quien.

El martes 25 de octubre fuimos a almorzar a un restaurante cualquiera que resultó ser el Bouillon Charlier 1896/1996 en la 7, rue du Faubourg, Montmartre en el corazón de París. Ahí acostumbran almorzar varios funcionarios de las casas comisionistas de la Bolsa de París y de las enormes centrales de abastecimientos de mercancía en general como los inmensos supermercados La Fayette. Éramos dos, Isabel y yo.

Pero había una mesa para cuatro y ya dos clientes iniciaban la lectura del menú. El maitre sentó a dos en una mesa y a los otros dos nos sentó en otra para cuatro cuando solo había dos.

Nos sentamos y al hablar temas normales en español, un francés que no sabía mucho de español, nos dijo: ¿son ustedes de España? Sí, le dije, para distraer el entuerto y no seguir con el tema. Somos de Colombia, dijo Isabel. ¡Ah! De la Colombie, respondió el otro. ¿Y qué hacen por acá? Le aclaramos, por si las dudas, qué hacíamos por allá.

Como impulsado por un rayo de la bolsa, este señor se levantó de su asiento, se dirigió hacia mí y me dio tal abrazo que estuvo a punto de romper mis estructuras óseas: ¡Felicitaciones! ¡¡¡La paz!!! Tienen ustedes la Paz…

Entre tímido y aturdido y como si yo hubiera sido un gestor de esta grandiosa paz, le dije que yo era un colombiano más porque el gestor de semejante proceso había sido y continuaba siendo el presidente Santos.

Me entregó su tarjeta personal y dijo: tenemos mucho de qué hablar. Respondí: quien tiene mucho de qué hablar con ustedes y con muchísima gente es el presidente Santos… sonreí y el francés sonrió. En su tarjeta encontré lo que suponía: es un comisionista de la Bolsa de París quien una y otra vez repitió que esa Paz es grandiosa, grandiosa paz.

Huela a navidad…

Sí… sí… sí ya huele a Navidad y en el ambiente se esparcen rumores y sabores de quienes aman con el corazón.

Amamos a diciembre porque recoge nuestros recuerdos que están ahí para amar y amar aunque veces surgen plagas cuando los alocados guían a los ciegos, como dijo Shakespeare en su Rey Lear. Si eres un elegido, la gloria acabará siempre por asomar su rostro en tu vida. Desecha los sueños porque, según Calderón de la Barca, los sueños, sueños son, y todo sueño es una fuga de la realidad.

Huele a Navidad y a mazapanes frescos y a chocolate caliente y espumoso batido por la abuela con molinillo de palo. Huele a musgo y a leña humeante y a achiras tostadas en el horno de barro. Llega diciembre mes de alegría y animación. Ya llega y tú y yo danzaremos con las hadas de la fantasía y soñaremos con el Niño Jesús recostado en nuestro pesebre hogareño y con los reyes magos trayendo porciones de mirra, incienso y oro. Huele a Navidad y ahí al lado se anima el bosque de las fantasías.

El 24 a medianoche algunos niños cerrarán un ojo para espiar de vez en cuando la llegada de papá Noel, o santa Claus, o el viejito pascuero para dejarnos sus presentes.

Huele a Navidad y en el vecindario suenan villancicos que se acentúan después del 15. Cuando se va el actual diciembre se van los villancicos y nuestros ojos lloran de nostalgia pues solo volveremos a escuchar y a cantar hasta dentro de 11 meses.

El Nobel de Paz versión 2016 se incubó desde hace medio siglo y desde entonces, cuando las Farc aún no estaban en la cabeza desocupada de un campesino iletrado (Pedro Antonio Marín alías Tirofijo quien vivía en un rústico ranchito en mitad de las selvas tolimenses y, para entonces, no sabía que las vocales existían pero cuando apuntaba con su cauchera a una paloma y ¡suaz! la bajaba, era alegría para él porque tenía qué echar en su olla de barro desocupada).

Ahí la vemos llegar, casi podemos palparla, llega… llega pero no termina de estirar sus ojos para vernos hambrientos de ella. Es LA PAZ, esa PAZ que añoran todas las naciones con sus siete mil millones de habitantes apretujados en nuestro querido planeta.

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