Jueves, 23 Febrero 2017 17:56

¡Horror de los horrores!

La vida de un asesino, ¿es vida? Recuento horrorizado sobre la vulnerada, violada y asesinada Yulianita, de 7 años, a manos de un loco en Bogotá.

Los desastres que alguien sacó a lucir para burlar, manosear, violar y finalmente asesinar a un angelito de siete años, Yulianita, a quien 49 millones de colombianos estamos ahora admirando y amando como un angelito en una jornada dominical de noviembre, en una calle estrato 5º o 6º de Bogotá. No quisiéramos mencionar el nombre de este violador y asesino pero se llama Rafael Uribe Noguera a quien le gustaba que lo llamaran Rafico, tan tierno él.

Empecemos con una confesión del autor de este artículo y Director General de esta misma revista: jamás este cronista en sus 55 años de periodismo había hecho en público ni tampoco ahora porque en mi vida jamás guardé secretos. Durante 10 veces empecé a escribir este tema y… empezaba pero no podía seguir. Mi cerebro con su aliado mi estado de ánimo se negaba a continuar. Quizás no podía entender nada de lo que intenta escribir. Todo era tan macabro…todo era tan inenarrable… todo era novelesco y no real.

Lo de ahora es tamaño monumental porque hay de por medio una niña de siete añitos, que luego de haber sido manoseada, violada, vilipendiada y sabrá Dios qué más por obra de un criminal que también atentó contra Colombia y sus 49 millones de habitantes que esperamos un mañana mejor. Ahora… ¿qué se podrá esperar con asesinos educados como Rafael? Este nombre en los dos meses recientes se ha oído y leído en muchos medios de comunicación en Colombia y en el mundo porque él, el asesino de Yuliana, también intentó acabar con nuestra esperanza de vivir en un país mejor. Pero ahora… ¿seremos un mejor país con crápulas así?

Al sentarme en la silla de mi escritorio pienso y pienso y repienso sobre cómo arrancar esta nota y nada que nada de nada me sale del fondo de mi cerebro. Un diablillo juguetón me dice que el asunto es tan grave, inescrutable y angustioso que es el más complicado que iniciaré a escribir en mis 55 años de escribir y escribir y volver a escribir de un jalón y a toda máquina.

Se me cerró el pensadero. No soy el único colombiano conmocionado. Hay otros 49 millones con sus corazones arrugados por las miserias de este asesino con buenos apellidos y familia, con un buen vivir y un estudiado en colegio cinco estrellas y graduado en arquitectura, dicen, en una famosa universidad  de Bogotá por allá por la calle 45.

No puedo imaginar cómo era el rostro de la bella Yuliana, nacida al norte del Cauca y que cuando fue burlada, engañada, martirizada, violada y asesinada, el día anterior había izado bandera en su colegio al sur de Bogotá y ya tenía asegurado ascender a 4º curso de primaria. Iba adelantada, porque era una excelente y consagrada estudiante, según familiares y vecinos.

Quien la raptó cerca a su casa al oriente de Bogotá, estratos 2 o 3, hasta allá fue el raptor y la condujo contra su voluntad en su valiosa camioneta –muestran los videos- regodeándose con su presa hasta su apartamento al norte, zona de estratos 5 o 6. Hasta esos momentos el tipo era apenas un secuestrador. Pero lo peor de lo peor estaba por llegar. ¡Pobre Yulianita! Quizás iría desgajando lágrimas desde lo más hondo de su corazón. ¡Pobre niña! Y pobres nosotros los colombianos que vivimos en medio de balandrones como este norteño del buen vivir. Ahora vive en cuatro metros cuadrados, solitario, en un calabozo de La Picota de Bogotá, donde sus 3.000 presos chiflaron y chiflaron cuando este Rafico fue recluido allá. Ni allá, con 3.000 pecadores, lo querían aceptar porque no querían que uno de ellos fuera tan bestial.

Y el sanguinario, a manera de los vampiros, debió chupar las angustias y quizás la sangre de su presa raptada. Asesinos educados todos y cada uno de los feminicidas empezando por este, un bien educado… un educado asesino, ¿para qué? Para cebarse en Yuiianita a quien conoceremos en el cielo porque el balandrón quiso anticipar su viaje a las alturas donde fue recibida con los tañidos de las arpas angelicales.

Nos acongojamos hasta el llanto al leer lo que declaró el Director de Medicina Legal de Bogotá, el médico Carlos Eduardo Valdés, quien ofreció detalles de la forma como la niña perdió la vida:

El médico confirmó que en el cuerpo de la niña es claro que fue manosea y asfixiada por el atacante y se encontró que, en la lucha de la niña contra el monstruo, en las uñas de ella habían rastros de la piel del monstruo. ¡Qué monstruo! Haber sido capaz de luchar contra una niña de siete años.

Se encontró –dice el médico- material biológico perteneciente a él. Luego, dice el informe del médico, se comprobó que Rafael Uribe Noguera sí cometió los hechos en contra de ella y fue él, el culpable de la muerte de Yuliana.

Pero, además, el mejor testigo presencial de los hechos fue Dios quien sabe del terror y de la tortura que vivió la niña en esos minutos tan angustiosos para cualquier ser humano. Ni siquiera podemos imaginarnos el horror en ese apto. Lo que buscaba lo consiguió: cárcel de por vida y el argumento de su abogado es mentiroso al sostener que su defendido obró así porque estaba bajo los efectos de la droga.

Finalmente, nadie en el edificio, ni el portero que fue eliminado o se suicidó, nadie escuchó algo, nadie escuchó el llanto aterrorizado de una niña.

Bueno, estamos en Colombia donde se acostumbra que uno oye y ve lo que conviene. ¿Aplicar al sindicado la pena de muerte? No existe en nuestra Constitución. Pero es mejor que el monstruo purgue su pena viendo pasar los minutos y las horas y los días y los meses y los años recordando lo último que hizo cuando andaba libre por las calles de Bogotá. Asesinar a una niña a quien previamente había mancillado, violado, golpeado y etc., etc. Ella está en el cielo. Él seguirá metido por unos 50 años en la celda helada de una prisión en Bogotá. Y cuando el Señor lo llame a Su presencia, deberá rendir cuentas a Él de esta barbaridad.

Por: Augusto Calderón Díaz | @AugustoCalderon

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