Viernes, 14 Julio 2017 21:36

Sublime gracia, el espíritu de la Reforma Protestante

Si desde el punto de vista doctrinal la justificación por la fe fue el emblema de la Reforma Protestante, podría decirse que la gracia de Dios fue el espíritu de ella.

Si bien la gracia figura en el segundo lugar en el lema de la Reforma, detrás de la fe, lo cierto es que al margen de la gracia la fe no podría sostenerse de ningún modo. Philip Yancey decía que la gracia es “la última de las grandes palabras”. No es, pues, posible exagerar cuando hablamos de ella. En la práctica, excede cualquier intento por definirla y la única manera de comprenderla medianamente es experimentándola en persona.

Gracia general

Gracia no es tan sólo la cualidad que alguien tiene para divertir o hacer reír. Y aunque en algunos contextos se usa como sinónimo de misericordia, la verdad es que, sin dejar de incluirla, la gracia es también mucho más que la misericordia. Ésta última hace referencia al acto por el cual el juez no ejecuta, sino que omite el castigo que alguien justamente se merece. Mientras que la gracia va más lejos y opta por otorgarle todo tipo de favores a quien no los merece. Y si bien la fe que el ser humano ejerce, al confiar por completo en lo hecho por Cristo a su favor para poder ser absuelto en el tribunal divino, es la causa instrumental de nuestra justificación, por contraste y oposición a las buenas obras; la gracia es la causa fundamental de ella y los reformadores lo tuvieron siempre claro, como lo dejaron establecido en el lema de la Reforma.

Y es que, dado que no podemos obtener nada de Dios por nuestros propios méritos o esfuerzos, siempre precarios e insuficientes para hacernos acreedores a Su favor; Dios decidió concedérnoslo todo por gracia en virtud de los méritos de Cristo a nuestro favor, incluyendo por supuesto la preciada salvación: Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Efesios 2:8-9. Ahora bien, la gracia no es algo que concierna únicamente a la salvación o a los creyentes. Éste es sin duda su punto más elevado y culminante, pero los reformadores siempre creyeron que la gracia operaba en todos los aspectos de la vida humana. Aun en la vida de los no creyentes y a pesar de ellos mismos.

La iglesia escolástica medieval sostenía que la gracia perfecciona la naturaleza, pero en contravía con ella, los reformadores no vieron a la gracia simplemente como el complemento de la naturaleza que toma el relevo cuando ésta se agota, sino que vieron a la gracia misma operando a través de la naturaleza en lo que se conoce como “gracia común”. Esa gracia divina que nos permite existir y subsistir en este enorme, fascinante e indescriptible universo y habitar este pequeño, singular y siempre hermoso planeta azul, especialmente diseñado y afinado en todos sus detalles para sustentar nuestra preciosa vida, de por sí tan frágil. Una gracia que no discrimina a nadie y de la que todos los seres vivos, particularmente los seres humanos, somos beneficiarios por igual.

Gracia especial

Pero es la gracia salvadora que opera en la redención la que más llamó la atención de los reformadores, pues al tiempo que afirmaron la necesidad de la fe en orden a la salvación, para ellos la fe siempre iría precedida y fundamentada por la gracia divina al punto que podría decirse que si la fe es la condición necesaria para la salvación, la gracia sería la condición determinante en este mismo propósito. Este enfoque no era más que otra forma de negar el papel que Roma asignaba a las buenas obras con miras a la salvación, tal y cómo el apóstol Pablo lo estableció con claridad: Y, si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia. Romanos 11:6.

La gracia era, pues, el motor y el combustible suficiente para dar lugar a todos los procesos involucrados en la vida de los seres humanos y en la salvación de los creyentes, siendo especialmente significativa en los momentos difíciles de la vida como los que los apóstoles eventualmente padecieron en el curso de sus vidas y  ministerios, en los que la gracia vendría en su auxilio de tal modo que el crédito final de lo logrado u obtenido en el proceso le pertenecería siempre a Dios como la Causa Primera de todo, al margen de los esfuerzos y los méritos humanos que siempre serían causas segundas en toda esta dinámica. Con mayor razón por cuanto estos últimos esfuerzos  por sí solos nunca alcanzarían si no fueran perfeccionados por la gracia divina: pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad»… 2 Corintios 12:9.

Pero así como la gracia era motor y combustible para dar inicio y poner en operación todo lo requerido de nuestra parte para llegar a ser salvos y cumplir los propósitos de Dios en el mundo, así también la gracia era la garantía de que todos estos procesos  llegarían a feliz término sin menoscabo de nuestras  responsabilidades en el asunto. La convicción sobre este particular partía del hecho de que si la gracia implica que Dios tiene la iniciativa en el asunto, pues entonces también implicaría que éste tuviera el final esperado, ya que Dios no deja nada a medio camino, pues: Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús. Filipenses 1:6.

Gracia gratuita

Por último y a riesgo de ser redundante, la gracia es siempre gratuita. Pero como lo aclaró el teólogo luterano alemán mártir del régimen nazi, Dietrich Bonhoeffer, eso no significa que la gracia haya sido barata. Es gratuita no sólo porque la semántica del término así lo indica, sino porque nosotros no tuvimos ni tenemos que hacer nada más allá de la fe para obtenerla. Pero no es de ningún modo barata porque costó, gota a gota, el inestimable valor de la sangre de Cristo derramada en la cruz. Y es aquí cuando la gracia choca con nuestro orgullo pecaminoso que se resiste a aceptarla y recibirla como tal, con humilde reconocimiento y despojados de nuestros engañosos aires de autosuficiencia, utilizando como pretexto para ello las convicciones populares de que: “nada es gratis en esta vida” o “de eso tan bueno no dan tanto”, o “aquí hay gato encerrado”.

Pero en el evangelio no hay gato encerrado. En el evangelio las cartas están siempre sobre la mesa de modo que la persona desprejuiciada pueda dejar sus injustificadas prevenciones de lado, disponiéndose a recibir gratuitamente lo que no puede obtener de ningún otro modo. Y una vez se dé este primer paso experimentando la gracia en carne propia, empezaremos a disfrutarla tanto que no podremos evitar responder cada día con renovado fervor la invitación que Dios nos dirige con estas palabras: Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos. Hebreos 4:16.

Por: Arturo Rojas, director de la Unidad Educativa Ibli Facter de la iglesia Casa Sobre la Roca, Bogotá.

Foto: 123RF

Visto 178 veces

logo-con-transp4

Revista Hechos&Crónicas es la opción perfecta para los lectores que quieren estar bien informados de lo que pasa en Colombia y el mundo. Analiza desde la perspectiva cristiana integral con cifras, datos y hechos, temas sociales, económicos, religiosos, políticos, deportivos, del mundo del espectáculo, entre otros.
Este medio impreso cuenta con el respaldo de la iglesia Casa Sobre la Roca.

 

Noticias recientes

Contáctenos

Revista H&C

Tel: (571) 6346100 ext 1090
Cel: (57) 320 275 0899
Email: servicliente@revistahyc.com
Dir: Cll 104 # 14a - 22 
Bogotá - Colombia